Entre las sombras

Era una tarde de otoño lluviosa, justo la temporada que mas le gustaba, apropiada para quedarse en casa sentado junto a la chimenea leyendo un buen libro, pero había algo que le quitaba la tranquilidad.

Llevaba ya varias semanas durmiendo mal, despertándose en mitad de la noche empapado en sudor, sin recordar que era lo que le quitaba el sueño.

A medidas que pasaban los días, su piel se fue arrugando, como un viejo pergamino, y ahora ya solo era pellejo y huesos. Los ojos, era la única parte de su cuerpo que todavía mostraba algo de vida. Habríase dicho que tenía más de 100 años, pero solo contaba con 37, demasiado joven para acabar así, pero la realidad se adueñaba de él minuto a minuto, y su vida se agotaba como la llama de una vela casi extinguida.

Desesperado, descansaba su agotado cuerpo en el sofá del salón, mirando el crepitar de la lecha en la chimenea mientras repasaba su corta vida mientras unas escasas lágrimas se deslizaban por los surcos de su rostro.

Las sombras cobraban en la tenue luz formas extrañas, vivas, confiriendo al ambiente un toque siniestro que acompañaba muy bien a sus pensamientos.

Repasando los últimos acontecimientos reparó en el cementerio maya que descubrieron hace unos meses, cargado de objetos rituales, y por descontado, valiosos. No era su intención saquear las tumbas, pero se dijo a si mismo que todo aquello valdría un buen dinero en el mercado negro si tenías buenos contactos.

Así que los tomó. Cargó cuanto pudo, y luego lo vendió todo, sacando una buena tajada. Podría olvidarse de trabajar durante mucho tiempo.

Pero ahora la situación ya no era igual. Su vida había dado un giro trágico, y la indiferencia que siempre había mostrado ante su forma de vida se torno en miedo a lo desconocido, a cosas que iban más allá de su comprensión, pero que ahora empezaba a comprender.

Se estaba muriendo, y ninguno de los médicos que había consultado en las últimas semanas pudo explicar que le pasaba. Ahora ya solo podía buscar explicaciones en otras causas, y su mente volvía una y otra vez a las tumbas.

Sin duda, creía que había en ellas algo maligno, algo que había vuelto por su culpa, condenándole a morir de forma lenta, dejándole la mente intacta, testigo de todo el proceso.

Con las pocas fuerzas que le quedaban en sus manos, estrujó los reposabrazos del sofá, lamentando todo aquello que ya no haría ni vería, todo lo que ya no viviría.

Murió antes de que llegara el amanecer, exhalando el último aliento justo después de ver como una sombra claramente humana se proyectaba en la pared.

El deseo del cobarde

En sus ojos me sumergí nada más verla, altiva, esbelta y morena, dulce como los caramelos de cuando era niño. Su sonrisa llenó la estancia cuando alguien, más gracioso que yo, recitó de seguido una gracia de esas que solo alguien así sabe contar.

Pero no solo yo la vi, sino muchos de los allí presentes, los cuales no dejaron pasar la ocasión de deshacerse en halagos con ella, y yo, tímido como soy, recluido me quedé en mi rincón, cerveza en mano y cara de aplatanado, deseoso de acercarme a ella y decirle que me ha robado el corazón, que ya no sabré vivir ni un día más si no la tengo junto a mi, regalándome su sonrisa, sus gráciles y comedidos contoneos, su coqueteo justo pero agradable.

Solo en mi esquina estoy mientras son otros los que se llevan la merecida gloria al valor, aunque quizá quien tan fácilmente consigue lo que desea, igual de fácil lo cambie por un nuevo capricho, dejando por el camino sentimientos que jamás fueron suyos, y que de saber, quizá habrían despertado la compasión de los que solos esperan que el destino les alcance, mientras que lo único que llegan a alcanzar es sin duda menos venturoso.

Mi único consuelo, el recuerdo de lo que pudo se y no fue, es la mirada que de soslayo me lanza al salir, furtiva pero intensa, deseosa y sincera, diciéndome que quizá, si hubiera tenido el valor necesario, sería yo el que del brazo la llevara al salir.

El encierro

Encerrado en aquel oscuro cuarto bajo tierra se preguntaba que había hecho el para merecerse aquello. Lo sacaron en medio de la noche de su cama, de entre los brazos de su esposa que a gritos pedía clemencia y lloraba. ¿Por qué pediría clemencia?, ¿acaso sabría ella algo que el desconocía? Ahora ya no podría saberlo.

Recapituló en sus recuerdos hasta donde alcanzaba, más no llegó a encontrar mal alguno en su vida, salvo algunas chiquillerías sin importancia, y de nuevo se preguntó por que, ¡se debían de haber equivocado!, lo cual en parte le aliviaba, pero no solucionaba el problema más inmediato: salir de allí.

A su alrededor no veía nada, nada se movía, pero sabía que no estaba solo, había varias personas más con el, podía sentirlos, olerlos, y si se atreviera a extender los brazos, seguro podría tocarlos. Los únicos signos de vida que percibía eran las lamentaciones que de vez en cuando rompían el patético silencio. Cada uno cargaba con sus culpas, si es que las tenían.

Según pasaban los días sintió que le fallaban las fuerzas, huesos y músculos estaban doloridos, y tenía un dolor de cabeza infernal. La comida, escasa, se limitaba a una sopa fría y un poco de pan, unos alimentos exiguos para mantener a cualquiera. De hecho cada día sentía las costillas más marcadas en su cuerpo, se estaba quedando en los huesos, poco más que un pellejo. De seguir así no duraría mucho, y cuando los dolores fueron tan continuos que ya no le permitían tan siquiera dormir, decidió que ya ni siquiera quería saber cual había sido su pecado, solo quería descansar, por lo que dejó de atormentarse.

Murió tras dos meses de encierro. Demasiado tiempo de sufrimiento por ayudar a un pobre cojo a montar en su caballo. El juez sin embargo dijo que su ayuda fue imprescindible para escapar de la guardia que lo buscaba tras el robo de unas joyas en casa de un noble. Tres fueron los testigos que lo inculparon de los hechos, que sin duda serían compinches del delincuente, y que al no poder detener al ladrón, todo el peso de la ley debía caer sobre el que le ayudó en su huída.

La otra vida

Soy un fantasma, y la verdad es que soy muy feliz.

No soy lo que habitualmente llamáis un alma en pena ni nada por el estilo. Morí hace más de 200 años, y desde entonces he vivido más que nunca, aunque no de la misma manera que lo podría hacer un mortal, desde luego, pues mi cuerpo no se rige por las mismas normas que el vuestro.

Para empezar, diré que no puedo morir (de nuevo), por lo que el riesgo y el peligro no son algo que me intimiden, y por ello, soy capaz de hacer todo lo que quiera.

Todo esto quizá os resulte extraño, y os diré que todo lo que hasta ahora habíais pensado a cerca de los fantasmas es erróneo, empezando por el mismo hecho de que no somos fantasmas, pues estamos tan vivos como vosotros.

No soy el único, hay muchos más como yo, de hecho tengo muchos amigos entre los de mi estado, y se podría decir que somos muy felices, pues vivimos y aprovechamos todo lo que la vida nos ofrece.

Si queréis que os explique como he llegado a ser lo que soy, antes debería contaros como viví, pues ahí radica la base de mi personalidad.

Lo cierto es que no tengo grandes recuerdos de mi infancia, quizá sea por que no tuviera un gran significado para mí o no hubiera gran cosa que recordar. Por aquel entonces cada familia tenía un rol del que no se podía salir fácilmente, y a mi me impusieron una forma de vida muy concreta. Éramos burgueses, gente acaudalada, con numerosos sirvientes trabajando para nosotros, y nuestra vida transcurría de forma básicamente contemplativa.

Cuando apenas contaba con 20 años me casaron con la hija de una familia adinerada de un pueblo vecino y a la cual no había visto nunca. Fue un matrimonio de conveniencia, práctica habitual en aquella época, buscando un beneficio social o económico para una u otra casa, por lo que tenías que asumir la decisión tomada por otros de que compartieras tu vida con una persona a la que no conocías, sin saber tan quiera si llegarías a quererla algún día.

En mi caso, mis padres eligieron a la hija de unos ricos comerciantes de pieles que tenían dos hijas y ningún barón, por desgracia. Se llamaba Inés, y tenía el cabello del color del sol al atardecer, algo sin duda insólito en nuestro condado, lo cual se debía a sus antepasados ingleses.

Al principio nuestro matrimonio fue muy tenso, algo completamente normal si tienes en cuenta que éramos dos desconocidos bajo el mismo techo y obligados a compartir una vida.

No obstante, el tiempo fue relajando la situación entre nosotros dos, nos fuimos conociendo y descubrí en ella no solo una mujer muy hermosa de infinitas virtudes, si no una amiga y confidente como no podía haber otra.

Durante unos años recorrimos medio mundo en nuestra luna de miel, conociendo otras culturas, ciudades y gentes en un ansia que parecía no acabarse nunca. Fue en esa época cuando nos dimos cuenta de que a pesar de todo, nos habíamos enamorado, y disfrutamos aún más si cabe de cada momento.

Cuando por fin volvimos a casa nadie daba crédito el cambio que habíamos sufrido. En un principio no supe interpretar su actitud frente nosotros, se comportaban de forma distinta. Mas tarde descubrí que sentían envidia por el mero hecho de que fuéramos felices cuando ellos no lo habían sido.

Al año de volver de nuestro viaje tuvimos nuestro primer hijo, al que llamamos Christian. Tenía el mismo cabello rojizo que su madre, y unos ojos más azules que el mar. Nunca nos habíamos sentido tan felices, ni cuando vivíamos al día viajando por todas aquellas ciudades de la vieja Europa.

Juntos vimos crecer a nuestro pequeño, y como a cada día que pasaba se volvía más despierto, mirándonos como si siempre tuviera miles de preguntas que hacernos.

Lucía llegó dos años después, llenando los pocos rincones de la casa que aún estaban vacíos. Inés no cabía de gozo de que nuestro segundo hijo fuera una niña y yo me alegraba por ella. Le encantaba ponerle un vestido nuevo cada día, y cuando creció, disfrutaba peinándola y haciéndole trenzas en el pelo, poniéndole cintas de colores y bordando para ellas calcetines a juego.

Pasaron los años y quedaron ya lejos por entones los años de juventud. Recordábamos entre risas nuestros primeros días juntos, lo difíciles que fueron para los dos y lo rápido que lo habíamos olvidado.

Cuando Inés enfermó sentí como una parte de mi empezaba a morir con ella, no podía soportar la idea de perderla y que nuestros hijos se quedaran sin madre. No queríamos hacerlo publico, pues teníamos la esperanza de que mejorara, pero no lo hizo.

Murió varios meses después. Los médicos dijeron que tenía un mal que le atacaba el pecho, y yo me sentí el hombre más desgraciado del mundo, no podía comprender como había sucedido eso, y que si había un dios, nos había dado la espalda. Tenía tan solo 28 años.

Christian y Lucía no dejaban de llorar, y cuando por la noche se quedaban dormidos, su sueño era inquieto y agotador. Habían perdido a su madre, y aunque con los años olvidarían los malos momentos, siempre les quedaría esa cicatriz en su recuerdo.

Por mi parte, me sumí en una desolación inimaginable, mi amor, mi ilusión, mi Ines, se había ido, me había dejado. Solo ver a mis hijos me daba el consuelo que necesitaba, y por ellos seguí adelante con mi vida, esforzándome por parecer fuerte y feliz, y tengo que decir que junto a ellos fui muy feliz.

El resto del tiempo, cuando no estaba con ellos, me dedicaba a recordar, y durante esos momentos, la podía sentir junto a mi, cercana y cálida como cuando en vida, tendiendo su mano para coger la mía, ¡y que buenos momentos que habíamos vivido!.

Christian y Lucía crecían fuertes y sanos, y cada día que pasaba me sorprendía ver como se enfrentaban a la vida.

Decidí escribir nuestra historia para que con los años, cuando la vejez me alcanzara, no olvidara a quien lo significó todo para mí, y recordara cada detalle de los momentos que vivimos juntos.

Tardé casi dos años en terminar, y cuando se la entregué a mis hijos. Fue mi legado más preciado, y les alenté a que continuaran ellos con su propia historia a partir de la mía, pues a partir de ese momento eran ellos los que tenían que decidir los caminos por los que transcurriría su vida.

A diferencia de a mi, ellos pudieron elegir con quien compartir sus vidas. Los dos se casaron y ampliaron su familia, aunque esa es ya otra historia, y no me corresponde a mí contarla.

Disfruté de ellos todo el tiempo que pude, y también de sus hijos, los nietos de Inés. Siempre los tuve cerca, hasta que ya en mi lecho de muerte nuestros caminos se separaron.

¡Os deseo que tengáis una vida tan plena como la mía!, vivir y amar a vuestra familia como yo lo he hecho, ahí reside el secreto de la vida y la felicidad. Esas fueron las últimas palabras que les dije antes de morir, y tengo constancia de que así lo han hecho.

Cuando exhalé mi último aliento, puede ver como mi alma se separaba de mi cuerpo. Me vi a mi mismo tendido en la cama, era ya un anciano.

Experimenté entonces algo insólito. Siempre había creído en la vida eterna, pues era cristiano, pero no me esperaba sinceramente que algo así sucediera.

No sabría describir como sucedió, y aún ahora sigo sin comprenderlo, a pesar de haberlo visto infinidad de veces, pero al morir, muchos de nosotros seguimos vivos en este mundo, aunque no exactamente del mismo modo, si no como en un plano alternativo. En palabras que no son mías, si no de otros como yo, podría decir que transmutamos de estado para pasar a un nivel superior, con lo cual la muerte de la vida que hasta entonces hemos conocido no es si no un tránsito, como cuando un gusano de seda se convierte en mariposa.

Yo podía ver a los vivos pero ellos no podían verme a mí. Observé el mundo desde una nueva perspectiva, todo seguía ahí igual que antes, pero no lo percibía del mismo modo, y sobretodo, no estaba solo.

Antes de verla, pude sentirla. Inés, tenía que ser ella, pues solo ella era capaz de hacer palpitar mi corazón del modo en que lo hacía en ese momento.

Al girarme, la vi junto a mi, tan hermosa como recordaba, joven, sonriente y llena de vida. No alcanzaba a comprenderlo, pero era ella de verdad. Nos unimos en un abrazo que me pareció duró una eternidad. Me sentía reconfortado y feliz como hacía mucho que no me sentía. Era ella de verdad, y tal y como me confesó más tarde, siempre había estado a nuestro lado, esperándome, quizá por eso en muchos momentos de mi vida la había sentido tan próxima a mi.

Me explicó muchas cosas a cerca de mi nueva forma de vida, por así decirlo, todo cuanto ella sabía, y que yo mismo transmitiría a otros más adelante. Mi cuerpo volvía a ser joven y fuerte, como antaño lo fue.

Juntos de nuevo, una nueva etapa comenzaba para nosotros, y esta vez si que era definitiva, pues ya nunca volveríamos a separarnos.

Desde entonces y hasta ahora han pasado ya muchos años, aunque el concepto del tiempo para nosotros no tiene mucho sentido como puedes imaginar. Durante todo ese tiempo hemos sido muy felices, y me reconforta pensar que todavía nos queda una eternidad por delante.

Cuando nuestros hijos murieron, estuvimos allí para darles la bienvenida, para iniciarlos en este nuevo mundo, y todavía hoy nos juntamos a menudo.

Tras todo este tiempo he comprobado que la vida no puede ser mejor que esto, y si no me crees, espera un tiempo y tu mismo lo verás.

Soñé que la mataba

Ayer soñé que la mataba. Fue un sueño doloroso, pues la quiero, pero ya no podía soportarlo más, sus celos y falsas apariencias cuando no estamos solos. No me gusta ese aspecto suyo, y tenía que hacer algo al respecto.

Fue de madrugada, mientras dormía, tan placidamente como siempre, ajena a todo, sin cargas en su conciencia, mientras yo, insomne de tanto pensar, no dejo de darle vueltas al hecho de que por mucho que quiera no puedo dejarla, ¿Qué dirían nuestros padres?, solo me quedaba una opción.

La miré una última vez, en todos estos años que habíamos pasado juntos nunca había dejado de ser hermosa, delicada como una flor, pero llena de veneno.

Cogí mi almohada y se la puse sobre la cara, no quería ver su cara cuando se despertara. Se despertó al instante y empezó a gritar, unos gritos ahogados, braceaba y pataleaba con fuerza, ante lo que apreté la almohada más fuerte, no derramé ni una sola lágrima por ella, ya no tenía motivos para hacerlo.

Su agonía duró apenas dos minutos. Poco a poco fue apagando, hasta finalmente quedarse inmóvil bajo la almohada. Su cuerpo solo era un bulto bajo la sabana dispuesto hacia un rincón de la cama. Reinaba una calma total en la habitación.

Por fin pude descansar como hacía tiempo que no hacía, fue un sueño placido y reconfortante. Soñé que la mataba, y solo tenía una duda, ¿había sido real?

Fuego, tierra, agua y aire

Hubo un tiempo que en los humanos vivieron en paz y armonía con la naturaleza, dedicándose a cultivar el campo, disfrutar de la familia y adorar a sus dioses.

Cada cual podía elegir a que dios adorar, le ofrecía presentes e interpretaba sus designios, aceptando lo bueno y lo malo que este de deparaba.

Era una época de continuo regocijo, y parecía que no fuera a tener fin, pues ¿Quién podía pensar en que algo malo podría llegar a suceder?.

No obstante, había un pueblo que vivía en una isla en medio del océano, a los que se conocía como los atlantes. Vivían según los mismos principios, pero a diferencia de los demás poblados de la tierra, estos eran más vanidosos, y su afán de superación llegaba más allá de lo que cualquiera pudiera soñar.

Sus pueblos consistían un amasijo apretado de enormes casas, desplazando la naturaleza a un lado en vez de acogerla como sus semejantes, y el culto a los dioses se realizaba en templos donde un profeta recitaba las palabras de los estos, interpretándolas a su beneficio. En esa sociedad, el dios del conocimiento era sin duda el más venerado de todos, al que más sacrificios se ofrecían y el que en consecuencia, más los favorecía.

Los avances en cuestión de tecnología, medicina y conocimiento en general no tenían fin, y cada vez se alcanzaban nuevas cotas, llegando siempre a un punto donde parecía que nada ni nadie pudiera superarlo, pero solo era cuestión de tiempo, pues el afán de los Atlantes no tenía fin.

Desde el cielo, los dioses no perdían detalle de todo lo que sucedía en la isla, pues les resultaba inquietante ver como esos pequeños seres humanos manipulaban la naturaleza a su antojo, y como, en cierta manera, jugaban a ser dioses.

Llegó un día en que esos hombres alcanzaron una nueva cota científica, habían logrado manipular un ser vivo y modificar ciertos aspectos de su naturaleza.

Con regocijo, celebraron su supremacía, y continuaron con un empeño aún mayor hacia la meta que se habían propuesto: crear vida.

Todos los dioses discutían a cerca de que iba a suceder a continuación, cual podía ser el siguiente paso que iban a dar, y como, siendo dioses como eran, iba a actuar al respecto. Cada uno tenía su opinión, pero todos estaban alarmados por el riesgo que esos seres humanos suponían no solo para si mismos, sino para los mismísimos dioses, pues ¿Quién iba a adorar a un dios para conseguir tal o cual cosa si los mismos seres humanos eran capaces de lograrlo?.

La consecuencia era clara, llegaría un día en que los dioses quedarían olvidados, dejados de lado, pues ya no serían necesarios.

Por fin, llegó el día en que se alcanzó lo que unos tanto deseaban y otros tanto temían, los atlantes habían conseguido crear vida a partir de la nada, y no solo eso, si no que el ser que habían creado era un ser evolucionado, capaz de razonar y desenvolverse por si mismo. Podría incluso decirse que estaba al mismo nivel que los mismísimos seres humanos creados por los dioses.

Llegados a este punto, todos los dioses salvo uno, el dios del conocimiento, alcanzaron un acuerdo, debían destruir esa civilización, no debía quedar nadie que en el futuro pudiera amenazar el equilibrio natural que tanto les había costado alcanzar.

Partiendo de todos los elementos que formaban la tierra, fuego, tierra, agua y aire, decidieron crear cuatro guerreros destinados a la aniquilación, nada debía quedar para recordar.

Los atlantes vieron llegar a estos cuatro guerreros, y con terror, descubrieron que toda su tecnología, sus avances, y sus conocimientos no eran capaces de salvarlos, estaban condenados.

Toda la isla se consumió en un aullido de agonía. Los edificios se derrumbaron, y todo ser vivo sucumbió a la furia de los dioses.

Tres días tardó en quedar todo arrasado, quedando solo una amplia superficie cubierta de humo y restos de lo que una vez fuera la mayor y más avanzada civilización existente sobre la faz de la tierra.

Pero los cuatro guerreros todavía no habían finalizado el trabajo que les habían encomendado. Todavía quedaba algo por hacer.

Con un gran cataclismo, los guerreros de la tierra y el agua, en un acto de grandiosidad que solo los dioses podían alcanzar, destruyeron la isla, hundiéndola en el olvido de las aguas para toda la eternidad.

El trabajo había finalizado, y los dioses, por fin aplacados, mandaron regresar a sus guerreros a la misma tierra de la que procedían.

Toda la humanidad se hizo eco de lo sucedido, y de cómo la Atlantida sucumbió a la furia de los dioses. Los humanos, más temerosos todavía del castigo divino, ofrecieron nuevas ofrendas y sacrificios para rogar que eso no les sucediera nunca a ellos.

Pasaron los siglos, incluso los milenios, y el recuerdo de estos hechos, de el temor a la destrucción, se borró de la mente de los humanos, y de toda esta historia solo quedó la leyenda.

Los dioses, aplacados y por fin satisfechos, decidieron olvidarse durante un tiempo de los hombres. Solo uno, el dios del conocimiento, cuya opinión fue rechazada en su momento por los demás, siguió de forma cautelosa la evolución de los humanos, regalándoles siempre pequeñas muestras de su grandiosidad, y entre murmullos, se dijo a si mismo que llegaría un día en que sería tan grande y poderoso que ningún otro dios, ni todos ellos juntos, pudieran hacerle ya frente, y entonces, por fin podría decir que su era, la era del conocimiento, habría llegado a la tierra.

El monstruo en el armario

¡El monstruo está escondido en el armario! – Le dijo el niño a su madre –. ¡Corre!, ¡ven a verlo antes de que se vaya!, ¡tengo miedo!.

Tranquilo pequeño, no te preocupes, los monstruos no existen, y si los hubiera, seguro que tendrían mejores cosas que hacer que esconderse en tu armario.

Pero mama, es que por las noches, a veces me despierto y veo que la puerta está abierta, ¡y yo la cierro siempre!. El monstruo me mira desde dentro del armario, tiene una cara que me da mucho miedo, me mira fijamente y ya no puedo volver a dormir.

Bueno, vamos a ver, vamos a mirar los dos en el armario, a ver a ese monstruo, ya veras como no hay nada. Ayer cuando te ordenaba la ropa no había nada, y seguro que ahora tampoco lo hay.

Pero ten cuidado mamá, el monstruo tiene unos dientes muy grandes y largos, y unas manos muy peludas, con unas uñas larguísimas. Me mira con una sonrisa muy extraña, y me dice que me acerque a el, pero yo tengo miedo y no me acerco, quiero que se vaya de mi armario.

¡Pues tendremos que echarlo de ahí! ¿no crees?, le ayudaremos a hacer la maleta y le diremos que se vaya a otra casa, así podrás dormir tranquilo ¿Qué te parece?.

¡Si, si!, quiero que se vaya, por favor.

La tenue luz que se filtraba por entre las rendijas de la persiana le daba a la habitación un aire entre acogedor y misterioso. El armario, dispuesto a la izquierda de la misma, quedaba fuera del alcance de la vista, totalmente en penumbra, entreabierto tan solo una rendija, lo justo para que alguien pudiera observar desde dentro todo lo que ocurriera dentro del cuarto, incluso la cama donde el niño dormía, sin alcanzar a ser visto a pesar de ser totalmente de día.

Los dos juntos, la madre delante, y el niño detrás, sujeto con fuerza a la pierna de esta, valoraron por un instante la situación.

¿Ves? – dijo esta – aquí no hay nadie, esta todo en calma.

No mama –le contestó el niño, adivinando a señalar con su pequeño dedo pulgar el escondite del monstruo – ahí, ¿No lo ves?, nos está mirando, ¡veo sus ojos!.

¡Ya esta bien!, exclamó la madre perdiendo un tanto la paciencia, vamos a abrir el armario y verás cono no hay nada dentro más que ropa.

Presurosa, se acercó al armario en dos zancadas y tiró de la manilla de la puerta, quedándose el niño inmóvil junto a la puerta.

La escasa luz que había en el armario no le permitió ver inmediatamente el fondo del armario, pero no tardó mucho en ver al engendro que había dentro, y con un grito desgarrador, desapareció entre las enormes y peludas garras del monstruo que se abalanzó sobre ella.

El niño gritó con todas sus fuerzas y corrió a subir la persiana para que entrara más luz en la habitación, pues sabía que el monstruo no saldría de su escondite a la luz del sol, ya que solo aparecía en la oscuridad.

Llamando a su madre repetidamente y presa de la desesperación, se dirigió hacia el armario con paso timorato, la puerta completamente abierta y la luz entrando ahora a raudales por la ventana, pero el armario se encontraba totalmente vacío.

Mucho más que un sueño

No sabría decir si es cierto o acaso lo he soñado. Ya no me queda piel, la he arrancado toda, poco a poco. Es extraño ver al natural como se mueven los músculos, aunque el dolor apenas me deja pensar, se me clava como agujas por todas partes, llegándome al cerebro, quizá si me tomara unas cuantas de esas pastillas se calmaría un poco, aunque casi da lo mismo, pues no creo que tarde en morir ¿Cuánto tiempo puede vivir una persona así?, seguro que nadie se lo ha preguntado jamás. Mi situación no es como esa de “cuanto puede aguantar una persona sin beber”, es mucho más delicada, más crucial. Será cosa de horas. Mejor me miro en el espejo ahora que puedo.

Cielo santo, soy como una masa sanguinolenta, de carne. Ojos y dientes blancos que solo pueden inspirar horror, quizá si me pusiera una peluca parecería un poco más humano. Dudo que mi expresión pueda reflejar algo. Tendré que anotarlo todo antes de morir. Alguien tendrá que descubrirlo, quizá en un futuro mi sacrificio sirva de algo, aunque mejor me grabaré en video, me tiemblan las manos y no creo que pudiera escribir.

Me llamo Arturo, y he sido yo mismo quien me ha hecho esto que veis. Esta mañana tras despertarme quería descubrir quien o que se esconde bajo mi piel, y este es el resultado, el doloroso resultado. Mira, observa con detalle como se mueve cada fibra de mis músculos, es fascinante ¿no crees?, aunque espero que no hagáis esto en casa.

O dios, este dolor es terrible, tendré que sentarme, quizá ahora si que sea hora de tomarme esas pastillas, no aguanto más. Me apretaría la cabeza con las manos para intentar calmarlo, pero me da miedo, mis manos no son más que huesos, igual me clavo alguno en el cerebro.

Pensándolo bien, que más da, ya estoy muerto, es solo cuestión de tiempo. Se me nubla la vista, no puedo cerrar los ojos, que estupidez, no tengo parpados, tendría que habérmelos dejado. Todo parece irreal, como en un sueño, ojala despierte pronto o si no, que pase algo, pero ya no puedo más.