El deseo del cobarde

En sus ojos me sumergí nada más verla, altiva, esbelta y morena, dulce como los caramelos de cuando era niño. Su sonrisa llenó la estancia cuando alguien, más gracioso que yo, recitó de seguido una gracia de esas que solo alguien así sabe contar.

Pero no solo yo la vi, sino muchos de los allí presentes, los cuales no dejaron pasar la ocasión de deshacerse en halagos con ella, y yo, tímido como soy, recluido me quedé en mi rincón, cerveza en mano y cara de aplatanado, deseoso de acercarme a ella y decirle que me ha robado el corazón, que ya no sabré vivir ni un día más si no la tengo junto a mi, regalándome su sonrisa, sus gráciles y comedidos contoneos, su coqueteo justo pero agradable.

Solo en mi esquina estoy mientras son otros los que se llevan la merecida gloria al valor, aunque quizá quien tan fácilmente consigue lo que desea, igual de fácil lo cambie por un nuevo capricho, dejando por el camino sentimientos que jamás fueron suyos, y que de saber, quizá habrían despertado la compasión de los que solos esperan que el destino les alcance, mientras que lo único que llegan a alcanzar es sin duda menos venturoso.

Mi único consuelo, el recuerdo de lo que pudo se y no fue, es la mirada que de soslayo me lanza al salir, furtiva pero intensa, deseosa y sincera, diciéndome que quizá, si hubiera tenido el valor necesario, sería yo el que del brazo la llevara al salir.

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