El encierro

Encerrado en aquel oscuro cuarto bajo tierra se preguntaba que había hecho el para merecerse aquello. Lo sacaron en medio de la noche de su cama, de entre los brazos de su esposa que a gritos pedía clemencia y lloraba. ¿Por qué pediría clemencia?, ¿acaso sabría ella algo que el desconocía? Ahora ya no podría saberlo.

Recapituló en sus recuerdos hasta donde alcanzaba, más no llegó a encontrar mal alguno en su vida, salvo algunas chiquillerías sin importancia, y de nuevo se preguntó por que, ¡se debían de haber equivocado!, lo cual en parte le aliviaba, pero no solucionaba el problema más inmediato: salir de allí.

A su alrededor no veía nada, nada se movía, pero sabía que no estaba solo, había varias personas más con el, podía sentirlos, olerlos, y si se atreviera a extender los brazos, seguro podría tocarlos. Los únicos signos de vida que percibía eran las lamentaciones que de vez en cuando rompían el patético silencio. Cada uno cargaba con sus culpas, si es que las tenían.

Según pasaban los días sintió que le fallaban las fuerzas, huesos y músculos estaban doloridos, y tenía un dolor de cabeza infernal. La comida, escasa, se limitaba a una sopa fría y un poco de pan, unos alimentos exiguos para mantener a cualquiera. De hecho cada día sentía las costillas más marcadas en su cuerpo, se estaba quedando en los huesos, poco más que un pellejo. De seguir así no duraría mucho, y cuando los dolores fueron tan continuos que ya no le permitían tan siquiera dormir, decidió que ya ni siquiera quería saber cual había sido su pecado, solo quería descansar, por lo que dejó de atormentarse.

Murió tras dos meses de encierro. Demasiado tiempo de sufrimiento por ayudar a un pobre cojo a montar en su caballo. El juez sin embargo dijo que su ayuda fue imprescindible para escapar de la guardia que lo buscaba tras el robo de unas joyas en casa de un noble. Tres fueron los testigos que lo inculparon de los hechos, que sin duda serían compinches del delincuente, y que al no poder detener al ladrón, todo el peso de la ley debía caer sobre el que le ayudó en su huída.

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