Fuego, tierra, agua y aire

Hubo un tiempo que en los humanos vivieron en paz y armonía con la naturaleza, dedicándose a cultivar el campo, disfrutar de la familia y adorar a sus dioses.

Cada cual podía elegir a que dios adorar, le ofrecía presentes e interpretaba sus designios, aceptando lo bueno y lo malo que este de deparaba.

Era una época de continuo regocijo, y parecía que no fuera a tener fin, pues ¿Quién podía pensar en que algo malo podría llegar a suceder?.

No obstante, había un pueblo que vivía en una isla en medio del océano, a los que se conocía como los atlantes. Vivían según los mismos principios, pero a diferencia de los demás poblados de la tierra, estos eran más vanidosos, y su afán de superación llegaba más allá de lo que cualquiera pudiera soñar.

Sus pueblos consistían un amasijo apretado de enormes casas, desplazando la naturaleza a un lado en vez de acogerla como sus semejantes, y el culto a los dioses se realizaba en templos donde un profeta recitaba las palabras de los estos, interpretándolas a su beneficio. En esa sociedad, el dios del conocimiento era sin duda el más venerado de todos, al que más sacrificios se ofrecían y el que en consecuencia, más los favorecía.

Los avances en cuestión de tecnología, medicina y conocimiento en general no tenían fin, y cada vez se alcanzaban nuevas cotas, llegando siempre a un punto donde parecía que nada ni nadie pudiera superarlo, pero solo era cuestión de tiempo, pues el afán de los Atlantes no tenía fin.

Desde el cielo, los dioses no perdían detalle de todo lo que sucedía en la isla, pues les resultaba inquietante ver como esos pequeños seres humanos manipulaban la naturaleza a su antojo, y como, en cierta manera, jugaban a ser dioses.

Llegó un día en que esos hombres alcanzaron una nueva cota científica, habían logrado manipular un ser vivo y modificar ciertos aspectos de su naturaleza.

Con regocijo, celebraron su supremacía, y continuaron con un empeño aún mayor hacia la meta que se habían propuesto: crear vida.

Todos los dioses discutían a cerca de que iba a suceder a continuación, cual podía ser el siguiente paso que iban a dar, y como, siendo dioses como eran, iba a actuar al respecto. Cada uno tenía su opinión, pero todos estaban alarmados por el riesgo que esos seres humanos suponían no solo para si mismos, sino para los mismísimos dioses, pues ¿Quién iba a adorar a un dios para conseguir tal o cual cosa si los mismos seres humanos eran capaces de lograrlo?.

La consecuencia era clara, llegaría un día en que los dioses quedarían olvidados, dejados de lado, pues ya no serían necesarios.

Por fin, llegó el día en que se alcanzó lo que unos tanto deseaban y otros tanto temían, los atlantes habían conseguido crear vida a partir de la nada, y no solo eso, si no que el ser que habían creado era un ser evolucionado, capaz de razonar y desenvolverse por si mismo. Podría incluso decirse que estaba al mismo nivel que los mismísimos seres humanos creados por los dioses.

Llegados a este punto, todos los dioses salvo uno, el dios del conocimiento, alcanzaron un acuerdo, debían destruir esa civilización, no debía quedar nadie que en el futuro pudiera amenazar el equilibrio natural que tanto les había costado alcanzar.

Partiendo de todos los elementos que formaban la tierra, fuego, tierra, agua y aire, decidieron crear cuatro guerreros destinados a la aniquilación, nada debía quedar para recordar.

Los atlantes vieron llegar a estos cuatro guerreros, y con terror, descubrieron que toda su tecnología, sus avances, y sus conocimientos no eran capaces de salvarlos, estaban condenados.

Toda la isla se consumió en un aullido de agonía. Los edificios se derrumbaron, y todo ser vivo sucumbió a la furia de los dioses.

Tres días tardó en quedar todo arrasado, quedando solo una amplia superficie cubierta de humo y restos de lo que una vez fuera la mayor y más avanzada civilización existente sobre la faz de la tierra.

Pero los cuatro guerreros todavía no habían finalizado el trabajo que les habían encomendado. Todavía quedaba algo por hacer.

Con un gran cataclismo, los guerreros de la tierra y el agua, en un acto de grandiosidad que solo los dioses podían alcanzar, destruyeron la isla, hundiéndola en el olvido de las aguas para toda la eternidad.

El trabajo había finalizado, y los dioses, por fin aplacados, mandaron regresar a sus guerreros a la misma tierra de la que procedían.

Toda la humanidad se hizo eco de lo sucedido, y de cómo la Atlantida sucumbió a la furia de los dioses. Los humanos, más temerosos todavía del castigo divino, ofrecieron nuevas ofrendas y sacrificios para rogar que eso no les sucediera nunca a ellos.

Pasaron los siglos, incluso los milenios, y el recuerdo de estos hechos, de el temor a la destrucción, se borró de la mente de los humanos, y de toda esta historia solo quedó la leyenda.

Los dioses, aplacados y por fin satisfechos, decidieron olvidarse durante un tiempo de los hombres. Solo uno, el dios del conocimiento, cuya opinión fue rechazada en su momento por los demás, siguió de forma cautelosa la evolución de los humanos, regalándoles siempre pequeñas muestras de su grandiosidad, y entre murmullos, se dijo a si mismo que llegaría un día en que sería tan grande y poderoso que ningún otro dios, ni todos ellos juntos, pudieran hacerle ya frente, y entonces, por fin podría decir que su era, la era del conocimiento, habría llegado a la tierra.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s