El monstruo en el armario

¡El monstruo está escondido en el armario! – Le dijo el niño a su madre –. ¡Corre!, ¡ven a verlo antes de que se vaya!, ¡tengo miedo!.

Tranquilo pequeño, no te preocupes, los monstruos no existen, y si los hubiera, seguro que tendrían mejores cosas que hacer que esconderse en tu armario.

Pero mama, es que por las noches, a veces me despierto y veo que la puerta está abierta, ¡y yo la cierro siempre!. El monstruo me mira desde dentro del armario, tiene una cara que me da mucho miedo, me mira fijamente y ya no puedo volver a dormir.

Bueno, vamos a ver, vamos a mirar los dos en el armario, a ver a ese monstruo, ya veras como no hay nada. Ayer cuando te ordenaba la ropa no había nada, y seguro que ahora tampoco lo hay.

Pero ten cuidado mamá, el monstruo tiene unos dientes muy grandes y largos, y unas manos muy peludas, con unas uñas larguísimas. Me mira con una sonrisa muy extraña, y me dice que me acerque a el, pero yo tengo miedo y no me acerco, quiero que se vaya de mi armario.

¡Pues tendremos que echarlo de ahí! ¿no crees?, le ayudaremos a hacer la maleta y le diremos que se vaya a otra casa, así podrás dormir tranquilo ¿Qué te parece?.

¡Si, si!, quiero que se vaya, por favor.

La tenue luz que se filtraba por entre las rendijas de la persiana le daba a la habitación un aire entre acogedor y misterioso. El armario, dispuesto a la izquierda de la misma, quedaba fuera del alcance de la vista, totalmente en penumbra, entreabierto tan solo una rendija, lo justo para que alguien pudiera observar desde dentro todo lo que ocurriera dentro del cuarto, incluso la cama donde el niño dormía, sin alcanzar a ser visto a pesar de ser totalmente de día.

Los dos juntos, la madre delante, y el niño detrás, sujeto con fuerza a la pierna de esta, valoraron por un instante la situación.

¿Ves? – dijo esta – aquí no hay nadie, esta todo en calma.

No mama –le contestó el niño, adivinando a señalar con su pequeño dedo pulgar el escondite del monstruo – ahí, ¿No lo ves?, nos está mirando, ¡veo sus ojos!.

¡Ya esta bien!, exclamó la madre perdiendo un tanto la paciencia, vamos a abrir el armario y verás cono no hay nada dentro más que ropa.

Presurosa, se acercó al armario en dos zancadas y tiró de la manilla de la puerta, quedándose el niño inmóvil junto a la puerta.

La escasa luz que había en el armario no le permitió ver inmediatamente el fondo del armario, pero no tardó mucho en ver al engendro que había dentro, y con un grito desgarrador, desapareció entre las enormes y peludas garras del monstruo que se abalanzó sobre ella.

El niño gritó con todas sus fuerzas y corrió a subir la persiana para que entrara más luz en la habitación, pues sabía que el monstruo no saldría de su escondite a la luz del sol, ya que solo aparecía en la oscuridad.

Llamando a su madre repetidamente y presa de la desesperación, se dirigió hacia el armario con paso timorato, la puerta completamente abierta y la luz entrando ahora a raudales por la ventana, pero el armario se encontraba totalmente vacío.

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